El Tolima es un territorio de extraordinaria complejidad ambiental. En sus montañas, páramos, bosques andinos, valles y ríos se concentra una enorme riqueza de biodiversidad que sostiene la vida, la producción de alimentos y buena parte de la identidad de sus comunidades. Pero esa riqueza convive con problemas ambientales que durante décadas se han acumulado y que hoy adquieren dimensiones preocupantes.
Uno de ellos es el deterioro del recurso hídrico. Disminuyen los caudales de numerosas fuentes, se contaminan ríos y quebradas y se deterioran las cuencas como consecuencia de la deforestación, las actividades productivas y la presión creciente sobre los ecosistemas.
Otro problema histórico es la minería ilegal. En Ataco, la explotación aurífera existe desde la década de los setenta, inicialmente como una práctica artesanal, pero en los últimos años la situación se ha agravado con la presencia de grupos armados irregulares vinculados a economías ilegales. La destrucción de bosques, la contaminación de las aguas y la transformación de los territorios son parte de sus consecuencias. Ante esta realidad, surge una pregunta incómoda: ¿qué tan eficaces han sido las políticas públicas de los entes territoriales y las acciones de la autoridad ambiental para enfrentar estos problemas?
Después de décadas de diagnósticos, planes, programas y recursos, los resultados parecen insuficientes. La respuesta institucional continúa siendo, muchas veces, reactiva: se interviene cuando el daño ya está hecho, pero no se logra actuar con suficiente contundencia sobre las causas.
Ahora aparece otro desafío de enormes proporciones: los incendios forestales.
Las altas temperaturas, las sequías, el cambio climático y algunas prácticas humanas favorecen la propagación del fuego. Pero hay algo que debería preocuparnos todavía más: ¿todos los incendios son accidentales?
La pregunta no es menor. Algunos incendios recientes han afectado territorios ambientalmente estratégicos, zonas destinadas a la conservación y áreas fundamentales para la producción de alimentos y la protección de fuentes hídricas. Y surge una inquietud que merece ser investigada: ¿podrían algunos de estos incendios estar siendo provocados deliberadamente para transformar las condiciones de determinados territorios?
No se puede afirmar, sin investigaciones serias, que exista una estrategia criminal detrás de estos hechos. Pero tampoco deberíamos descartar esa posibilidad. Especialmente cuando existen grandes bloques de interés minero y cuando la eliminación de la cobertura vegetal podría, eventualmente, facilitar determinadas actividades económicas o proyectos extractivos.
Por eso se necesita una investigación rigurosa que establezca quién provoca los incendios, dónde se originan, qué intereses pueden existir alrededor de los territorios afectados y cuáles son las verdaderas dimensiones del daño. La pérdida de un bosque no significa solamente árboles quemados: significa agua que dejamos de proteger, suelos que se degradan, biodiversidad que desaparece y oportunidades productivas que pierden las comunidades.
El Tolima necesita pasar de la reacción a la prevención. Y para ello se requiere una verdadera conjunción de actores: autoridades ambientales y territoriales, comunidades campesinas, organizaciones sociales, universidades, gremios productivos, empresas y organizaciones ambientales.
Pero, sobre todo, necesitamos reconocer el papel fundamental de quienes habitan el territorio. La sociedad civil no puede ser espectadora de la crisis ambiental.La recuperación ecosistémica del Tolima debe convertirse en una causa colectiva. Hay que proteger los bosques, recuperar las cuencas, defender el agua, prevenir los incendios y vigilar el territorio.
Porque al final la pregunta no es solamente quién está quemando nuestros bosques. La pregunta más profunda es qué estamos haciendo como sociedad para impedir que nuestro patrimonio ambiental desaparezca ante nuestros ojos.
El territorio no es una mercancía. Es nuestra casa, nuestro alimento y nuestra herencia. Y todavía estamos a tiempo de defenderlo.







