Mario Mendoza es un escritor acostumbrado a narrar historias sórdidas de los extramuros de las ciudades, especialmente Bogotá. Su obra ha sido calificada como audaz y envolvente para muchos lectores, sobre todo jóvenes, mientras que para la crítica especializada, no deja de ser una literatura liviana sin mayor trascendencia y calidad. Unos y otros defienden su punto de vista, pero lo cierto es que este novelista tiene la virtud de volver un best seller cada nueva publicación. Prueba de ello es que sus presentaciones en la FILBo registran siempre llenos absolutos, como si se tratara de una estrella en el firmamento de las letras.
En esta ocasión nos presenta su última novela: La hora de los lobos. Desde el primer párrafo notifica a los lectores que nos hablará de personajes que vienen del sótano, de los que se arrastran por las cañerías, un roedor “… que se movía silenciosamente en la oscuridad esperando su oportunidad”. Ahí empieza a narrar la historia de Bruno Guerrero, un niño de apenas nueve años que ve cómo la violencia le arrebata a su padre, un sindicalista que lucha en una fábrica por mejores condiciones laborales. Desde el comienzo se instala el horror. Ese hecho inicial no constituye un episodio aislado, sino el detonante de una espiral de violencia que marcará el resto de la novela.
Ese asesinato constituye el detonante de una sucesión vertiginosa de hechos truculentos y terribles causados por las guerras entre grupos ligados al narcotráfico que la novela no limita al contexto colombiano, sino que es un fenómeno trasnacional. Un elemento espeluznante de las acciones violentas es que muchas de ellas son realizadas usando espadas por un grupo conocido como Los Ninjas.
En esta narración, el protagonista nos habla del libro: El arte de la guerra de Sun Tzu. Retoma ideas de cómo analizar el enemigo, de cómo armar estrategias y conocer a fondo el terreno en el que se va a dar el enfrentamiento. La aplicación de estos principios le sirve a este personaje para emerger del inframundo y la exclusión hasta llegar a un lugar destacado dentro del mundo de lo ilícito.
Uno de los aspectos más perturbadores de la novela es la relación entre ciertas iglesias pentecostales, el narcotráfico y la política, un tema que hoy ocupa un lugar central en el debate latinoamericano.
El mismo autor en una de las charlas para presentar este libro, menciona el trabajo de campo y la inmersión en el terreno de estas congregaciones para auscultar el palpitar de esta “evangelización” que exacerba los ánimos y conduce sentimientos desde los púlpitos planteando que: “América Latina es el Gran Reino. Ya cruzamos el desierto y nos disponemos a entrar en la Tierra Prometida”.
Fiel al estilo que caracteriza su obra, Mendoza, a lo largo de 391 páginas, nos sumerge en un universo donde conviven el horror, las lealtades, los amores trágicos, las pugnas entre grupos armados, la corrupción en las cárceles y el creciente poder de sectores del pentecostalismo que reivindican la existencia de un solo pueblo desde México hasta Argentina, como lo resume uno de los pastores en uno de sus sermones: «El Señor es mi pastor; nada me faltará». La influencia de estos movimientos resulta tan inquietante que incluso ha alimentado debates en el ámbito del fútbol, especialmente en Brasil, donde algunos analistas han relacionado su creciente presencia con la transformación cultural del deporte y la pérdida del tradicional jogo bonito.
La hora de los lobos es, en definitiva, una novela convulsa y trepidante que obliga al lector a mirar más allá de la superficie, hacia ese subsuelo donde se incuban la violencia, la exclusión y las formas más oscuras del poder.







