Mientras descendía por la cuesta de una concurrida avenida de la ciudad, los músculos de sus brazos famélicos luchaban contra la gravedad para no dejarse arrastrar de una pesada carretilla que él manejaba. A veces hasta su propio nombre se le extraviaba en la memoria. Sabía llegar a su rancho después de tanto caminar vendiendo el líchigo que muy de madrugada compraba en la plaza de mercado más grande de aquella ciudad, ese inmenso hormiguero humano donde apenas sobrevivía.
Lo sostenía la existencia de dos seres que lo esperaban cada tarde cada uno con su propia esperanza. Su anciana compañera de todos los años con la cual había engendrado una hija y su pequeño nieto de cinco años, que aún sumergido en la pobreza jugaba en mejores mundos a través de su infantil imaginación.
La una creía cada caída de la tarde, que esta vez su viejo había tenido fortuna en sus ventas y llegaría cargado de un mercado con los víveres necesarios para hacer más llevadera esta vida llena de carencias. El otro, por el contrario lo esperaba con ansiedad para que su abuelito como le decía, le entregara los dulces que nunca faltaban.
Ninguno de los dos podría siquiera imaginarse que ese viejo enjuto que fatigosamente manejaba la carretilla, después de más de 14 horas de haber salido de su rancho, llegaba sin ninguna de las cosas que esperaban esas dos personas que lo amaban entrañablemente porque de repente la bruma densa del olvido que venía descendiendo en su cerebro cubrió toda su memoria. No podían imaginar la desesperación de aquel hombre intentando recordar por qué caminaba desde el amanecer entre el ruido de los buses, el humo y la mugre de la ciudad.
Los últimos destellos de lucidez apenas le alcanzaron para encontrar el camino de regreso. Arrastró la carretilla, el líchigo y un cansancio que ya no cabía en su cuerpo. Después, el olvido terminó por llevárselo todo.







