Lo más subversivo que existe es la imaginación. El cine de ciencia ficción lo anticipó hace décadas. El hombre ha soñado con máquinas con inteligencia haciendo la vida más fácil, pero también, ha anticipado pesadillas donde éstas toman el control y se enfrentan a la humanidad con propósitos destructores. Lo vimos en la saga de Terminator y creímos que esa realidad solo era posible en la mente febril de los cineastas. Ahora parece una verdad ineludible en pocos años.
La humanidad ha venido presenciando como una serie de actividades que antes realizaban las personas, hoy la realizan las máquinas. Se ha dado un gigantesco debate sobre la pérdida de empleos que eso supone. Ya no se necesita gente por la automatización de muchos procesos y las plataformas nos muestran una serie de miniseries y películas donde las máquinas realizan toda suerte de trabajos, incluso ya anticipan la existencia en un futuro cercano de robots humanoides como esposas de hombres solitarios.
La irrupción de la automatización y el desarrollo de la Inteligencia Artificial en todos los campos es alucinante. Nadie escapa a su influencia, a pesar de algunas voces que hacen llamados a no usarla por los efectos perversos que genera. En el campo académico, la IA está obligando a replantear la manera de enseñar, aprender, leer y escribir.
Los desarrollos de la IA y la competencia entre las grandes corporaciones por ser las primeras en lograr la máxima eficiencia y por ende hacerse a la mayor tajada del mercado, no ha considerado los riesgos que esto supone. La semana anterior un destacado ingeniero, Jacob Coxon, de Anthropic, presentó su renuncia y hizo un anuncio aterrador: en menos de una década la IA va a adquirir un grado tal de desarrollo que será imposible su control y con esa superinteligencia podrá destruir la humanidad.
No se trata de negar los grandes aportes y beneficios generados por la IA. En cada disciplina y en la resolución de los desafíos más importantes afrontados en el mundo contemporáneo, una herramienta como esta no se puede dejar de lado. Sin embargo, el desarrollo vertiginoso que ha venido teniendo produce inquietud y temor.
Una superinteligencia sin control humano puede ser catastrófica. Señalan los expertos el riesgo del uso inadecuado de la información que poseen, la posibilidad de hackeo de cada correo electrónico, claves bancarias, mercados financieros, control de infraestructura estratégica, producción de virus en laboratorio, manipulación de armamento de las grandes potencias, entre otros. Una cantidad de acciones que sin control amenaza la existencia humana. Un Frankenstein fuera del control de sus creadores.
Lo que dicen los expertos es que hoy aún no existe evidencia de una superinteligencia autónoma capaz de dominar el planeta o liberarse definitivamente de sus ingenieros. Las inteligencias artificiales actuales son extraordinariamente poderosas y en poco tiempo lo podrían lograr y ese es el peligro que desde ya se anuncia, por eso ya hay un llamado de muchas voces sensatas a ralentizar la carrera del desarrollo de la IA. Que la codicia por los mercados no nos lleve a la hecatombe y que prime la sensatez en pro de la vida humana en el planeta.
El cine anticipatorio ha servido para imaginar futuros. Desde Blade Runner las preguntas de la ciencia ficción siguen siendo básicamente las mismas: ¿Quiénes somos? ¿Para dónde vamos? Esas preguntas intrigantes siguen vigentes y en este momento crucial, cuando el desarrollo de la IA amenaza nuestra existencia, debemos optar por una respuesta que priorice la vida por encima de la codicia.
Tal vez el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea conseguir que las máquinas piensen como nosotros, sino lograr que nosotros pensemos antes de poner en sus manos aquello que todavía no sabemos controlar.







