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Opinión que desarrolla y construye paz

¿Nobel de Paz?
Publicado: octubre 15, 2025

Desde 1901, el Premio Nobel de la Paz ha sido entregado —al menos en teoría— a quienes han hecho aportes significativos a la paz mundial, a la resolución de conflictos, a los derechos humanos y a la diplomacia. Figuras como Martin Luther King Jr., Nelson Mandela, Rigoberta Menchú o Malala Yousafzai nos recuerdan que el compromiso con la paz verdadera implica valentía, coherencia ética y una lucha inclaudicable por la justicia.

Sin embargo, no todo lo que brilla en Oslo es oro. La historia del Nobel de la Paz también está salpicada de decisiones políticas cuestionables, como cuando se otorgó a Henry Kissinger en 1973, pese a su responsabilidad en golpes de Estado y conflictos armados, o cuando se premió a Barack Obama en 2009 apenas asumido el cargo, sin haber demostrado en los hechos méritos suficientes.

En esa línea de premiaciones dudosas, se suma ahora un nombre que ha causado revuelo tanto dentro como fuera de Venezuela: María Corina Machado, reciente galardonada con el Nobel de la Paz 2025. Esta decisión, lejos de unir, ha generado una profunda controversia y no pocos cuestionamientos sobre el rumbo político que ha tomado este premio.

Machado ha sido presentada por sus defensores como una luchadora por la libertad y la democracia venezolana. Pero su historial político revela posturas altamente problemáticas que contradicen el espíritu del premio. En reiteradas ocasiones ha pedido la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, una postura que pone en grave riesgo la soberanía nacional y que, de concretarse, tendría consecuencias devastadoras para la población civil. ¿Desde cuándo llamar a una invasión extranjera puede considerarse un acto de paz?

Peor aún, su cercanía ideológica y política con actores internacionales responsables del actual genocidio en Gaza —como el gobierno israelí encabezado por Netanyahu y sus aliados en Washington— deslegitima aún más su figura como defensora de los derechos humanos. El silencio, o peor, el alineamiento con quienes bombardean hospitales y refugios de civiles, no es neutralidad: es complicidad.

Machado también ha sido una figura central en el sostenimiento del discurso y los intereses de los sectores privilegiados en Venezuela, una élite que históricamente ha despreciado y excluido a las mayorías. Su propuesta de país no incluye justicia social ni redistribución, sino un retorno a los privilegios de unos pocos, disfrazado de lucha por la libertad.

Premiarla con el Nobel de la Paz no solo blanquea estas posturas, sino que alimenta la polarización en un país ya fracturado. Lejos de tender puentes, esta decisión aviva los fuegos de una confrontación que ha dejado demasiadas heridas abiertas. ¿Qué mensaje se está enviando a los pueblos del Sur Global cuando se entrega este galardón a una figura que ha apoyado abiertamente la intromisión extranjera, que niega el derecho de autodeterminación de su propio país y que se alinea con los verdugos del pueblo palestino?

Si el Nobel de la Paz quiere recuperar su credibilidad, debe volver a su esencia: promover la paz con justicia, la no violencia, el diálogo entre pueblos, el respeto por los derechos humanos de todos y no solo de unos pocos. Necesitamos que reconozca a quienes verdaderamente luchan por la vida, desde la base, sin hipocresía ni oportunismo.

No es la primera vez que el Nobel se convierte en una jugada geopolítica. Pero en tiempos en los que la guerra se ha convertido en norma y los discursos de odio en estrategia, es urgente que el premio deje de plegarse a los intereses de las potencias y recupere su propósito original: celebrar a quienes luchan por la paz, no a quienes la ponen en riesgo.

Autor: admin

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