Coinspirando

Opinión que desarrolla y construye paz

Los pobres de derecha
Publicado: mayo 19, 2026


Hay debates que parecían superados, pero que vuelven a cobrar vigencia en momentos de alta tensión política. Uno de ellos es la vieja discusión entre extracción de clase y posición de clase. Una cosa es el origen social del que provenimos: campesinos, indígenas, afrodescendientes, hijos de obreros o integrantes de sectores históricamente excluidos. Otra muy distinta son los intereses que terminamos defendiendo y el lugar político desde el cual actuamos en la sociedad.

Este debate, lejos de ser anacrónico, resulta hoy profundamente actual. En el tramo final de la campaña presidencial colombiana, marcada por una fuerte polarización, hemos visto escenas preocupantes en distintas regiones del país: actividades proselitistas del candidato que lidera las encuestas han sido agredidas verbal y físicamente por ciudadanos pertenecientes, en muchos casos, a sectores populares y empobrecidos.

La paradoja es evidente. Personas que padecen las desigualdades estructurales del país terminan defendiendo propuestas políticas que históricamente han favorecido a las élites económicas y que, en muchos casos, se oponen a reformas orientadas a mejorar las condiciones de vida de las mayorías.

Vale la pena preguntarse: ¿por qué un campesino pobre, un vendedor ambulante, un trabajador informal o un pequeño contratista del Estado respaldaría proyectos políticos que rechazan la reforma agraria, cuestionan los derechos laborales o se oponen al fortalecimiento de las políticas sociales? ¿Por qué alguien afectado por la desigualdad termina defendiendo modelos que perpetúan esa misma exclusión?

La sociología contemporánea ha estudiado este fenómeno en distintos países y algunos autores lo han denominado “los pobres de derecha”. Se trata de sectores populares que terminan identificándose con intereses ajenos a los suyos, muchas veces influenciados por narrativas mediáticas y culturales promovidas por grandes grupos económicos y políticos.

Los pobres de derecha suelen sentirse parte simbólica de un club al que nunca serán invitados. Aspiran a parecerse a quienes los desprecian o los consideran inferiores. Se identifican emocionalmente con discursos de éxito individual, riqueza y poder, aunque sus propias condiciones materiales contradigan esas aspiraciones.

Muchos analistas consideran este fenómeno como uno de los grandes triunfos culturales del capitalismo contemporáneo: lograr que sectores excluidos se opongan a políticas que podrían beneficiarlos y, al mismo tiempo, defiendan medidas que profundizan las brechas sociales.

Durante esta campaña han circulado imágenes y declaraciones reveladoras. Personas de origen humilde descalifican a otros pobres calificándolos de “zánganos” o acusándolos de querer “todo regalado”, mientras respaldan discursos autoritarios o políticas económicas que terminan afectando directamente sus propios intereses.

La fascinación por ciertos liderazgos también hace parte de esta lógica. Algunos candidatos construyen su imagen alrededor del lujo, la ostentación y las promesas de éxito individual. Muchos ciudadanos terminan proyectando en ellos sus propias aspiraciones frustradas, aunque esos liderazgos difícilmente representen sus necesidades reales.

Lo ocurrido recientemente en Argentina es observado por algunos sectores como una advertencia. Un discurso que prometía luchar contra “la casta” terminó aplicando políticas que han deteriorado las condiciones de vida de amplios sectores populares y profundizado la incertidumbre social.

En una antigua reunión comunitaria escuché una frase que resume crudamente esta realidad: “el peor enemigo de un pobre es otro pobre; los ricos, en cambio, se unen rápidamente cuando sienten amenazados sus privilegios”. Más allá de la exageración que pueda contener, la frase refleja una dinámica frecuente en nuestras sociedades profundamente desiguales.

Lo que está en juego en esta elección presidencial trasciende la disputa entre candidatos. Se enfrentan visiones distintas de país: una que apuesta por reformas sociales orientadas a reducir desigualdades históricas y otra que privilegia la defensa del modelo económico tradicional y los intereses de las élites.

Estamos ante un momento decisivo para Colombia y para América Latina. El país deberá definir si avanza hacia una agenda de transformaciones sociales o si, por el contrario, gira hacia posiciones contrarreformistas y autoritarias, apoyadas incluso por sectores populares que terminan votando contra sus propios intereses.

Autor: admin

Coinspirando