La democracia necesita debates serios, transparentes y respetuosos. En tiempos donde la política parece contaminarse cada vez más de espectáculo, escándalo y confrontación vacía, resulta necesario volver a lo esencial: escuchar propuestas, contrastar modelos de desarrollo y permitir que la ciudadanía decida con criterio.
Un debate presidencial no debería convertirse en una arena de agravios personales ni en un show decadente diseñado para obtener clics, audiencia o viralidad. Los ciudadanos merecen algo mejor. Merecen escenarios donde los candidatos expliquen cómo piensan organizar la sociedad colombiana, cómo enfrentarán la pobreza, la inseguridad, la desigualdad, el desempleo y los enormes desafíos sociales y ambientales del país.
La esencia de un debate es precisamente el contraste de ideas. Allí se deben evidenciar las diferencias entre quienes defienden un modelo excluyente pensado para beneficiar a minorías privilegiadas y quienes proponen profundizar reformas sociales orientadas a las grandes mayorías. Ese contraste es saludable y fortalece la democracia.
Pero para que ello ocurra, los debates deben tener reglas claras y garantías de imparcialidad. No es posible aceptar entrevistas o encuentros donde el moderador actúe más como contradictor político que como periodista. Cuando los sesgos ideológicos y políticos se hacen evidentes en el tono de las preguntas, en la forma de formularlas o en la intención de provocar al entrevistado, el ejercicio pierde legitimidad y termina degradándose.
Peor aún resulta la banalización de la política mediante formatos caricaturescos donde se reemplaza la deliberación seria por montajes, espectáculos mediáticos o debates sin candidatos apoyados en herramientas de inteligencia artificial. La democracia no puede reducirse a un circo digital ni a estrategias de entretenimiento político. Colombia enfrenta problemas demasiado profundos para convertir las campañas en una competencia de ocurrencias.
Por eso es entendible que algunos candidatos decidan no prestarse para encerronas mediáticas ni para escenarios donde ciertos seudoperiodistas parecen actuar con agendas previamente definidas. Un candidato presidencial no está obligado a convertirse en payaso de programas diseñados para humillarlo o provocar reacciones emocionales. La política debe recuperar dignidad y altura.
Sin embargo, también es cierto que la democracia se fortalece cuando los candidatos dan la cara ante la ciudadanía. Los eventos públicos, los debates equilibrados y los espacios abiertos permiten conocer el carácter, la visión y la capacidad de liderazgo de quienes aspiran a gobernar el país. Allí es donde el pueblo puede discernir con mayor claridad cuál propuesta representa mejor sus intereses y aspiraciones.
Quedan pocos días y seguramente arreciarán los ataques contra el candidato que hoy lidera las encuestas. Es apenas previsible en una contienda donde muchos sectores sienten amenazados sus privilegios históricos. Frente a ello, el camino más inteligente parece ser mantener la serenidad, evitar los agravios y continuar hablándole al país con un tono claro, sencillo y respetuoso.
La ciudadanía está cansada del odio y de la política basada en el miedo. Colombia necesita madurez democrática, pedagogía política y más participación consciente. Es necesario seguir politizando a la sociedad, no para dividirla, sino para fortalecer su capacidad crítica y su comprensión de los grandes debates nacionales.
El país merece un gobernante que profundice las reformas sociales iniciadas en los últimos años y avance hacia una democracia más incluyente, participativa y orientada al bienestar de las grandes mayorías. Esa discusión debe darse con argumentos, no con insultos; con ideas, no con espectáculos.







