La música atraviesa todo el relato. Es un personaje invisible, pero presente en cada escena. Sergio Álvarez nos entrega la historia de un periodista de un medio corporativo, un hombre cruzado por sus conflictos emocionales, que recibe la misión de buscar historias de reconciliación tras la firma del acuerdo de paz. Debe escribir crónicas conmovedoras que inspiren esperanza, pero el viaje que emprende lo sumerge en las zonas más golpeadas por la guerra: territorios donde la violencia se regodeó y dejó cicatrices profundas en la vida de los campesinos.
El narrador, consciente de la impostura de los relatos “hermosos y constructivos” que su jefe le exige, se enfrenta a una realidad imposible de maquillar. “Esta es una crónica de cuando todavía estaba vivo —advierte—, de antes que me mandaran a matar para quitarme las pruebas que confirmaban que el Gobierno, la Fiscalía, el Ejército, la Policía, la Banca, la DEA y la CIA participaban en el narcotráfico y en el lavado de dólares”. Con esa confesión, el autor abre un abismo entre la verdad que se busca contar y la verdad que se prefiere ocultar.
El recorrido que propone Álvarez es una radiografía dolorosa del país. Inicia en El Placer, un corregimiento del Putumayo, y continúa por Buenaventura, Arauca, Ituango, Codazzí y El Salado. En cada lugar, el periodista encuentra sobrevivientes de la locura: hombres y mujeres que, con una templanza admirable, transforman la tragedia en resistencia y el miedo en anhelo de paz.
Cada historia es una herida abierta que se niega a cerrar. Colombia ha vivido la barbarie con una intensidad que parece infinita: las casas de pique en Buenaventura, las masacres y los desplazamientos en Arauca, las violaciones, los silencios impuestos, las fosas comunes. Todo ello forma parte de una memoria que no puede ser borrada ni negada.
Las voces que el periodista escucha parecen repetir una misma ecuación, la ecuación maldita de la guerra: “Otra vez se cumplía la fórmula de siempre: era fácil acusar a los campesinos de guerrilleros, había cocaína para financiar un grupo paramilitar y, una vez desplazados los campesinos, quedaban tierras y buenos negocios para repartir entre los poderosos”.
En medio de ese paisaje devastado, la música se erige como refugio y consuelo. A través de ella, la gente canta para no morir del todo, para seguir creyendo. La música, sugiere el autor, es lo único que mantiene a flote a un país que se ha acostumbrado al dolor. Y en boca de un campesino que sobrevivió al fragor de la confrontación, resuena la certeza más profunda del libro: “Creemos en nuestros sueños y en nuestros esfuerzos por cumplirlos, pero sin la música, la realidad se derrumbaría y la vida no sería más que un basurero de historia, sin sentido ni rumbo”.
Cantar es sobrevivir, con sus 149 páginas, es una travesía por la tragedia nacional, pero también una exaltación de la resiliencia. Es una invitación a mirar de frente la violencia sin dejar que nos robe la esperanza. En sus páginas, la voz de los artistas y los campesinos se mezcla para recordarnos que el canto es una forma de resistencia, una manera de persistir cuando todo invita a rendirse.
Sergio Álvarez nos entrega una novela que duele y conmueve, pero que también ilumina. A través de ella, escuchamos el eco de un país que, pese a sus heridas, se niega a desaparecer. En Colombia, cantar no es un acto estético: es un acto de supervivencia.







